Ernesto Méndez Excélsior
LA PAZ, BCS.— Entre esqueletos, órganos y muestras en formol, muchos niños encontraron aquí su vocación y la respuesta a la constante pregunta: ¿Qué quieres ser de grande?
Se trata del Museo de la Ballena y Ciencias del Mar, un pequeño espacio dedicado a la divulgación de la ciencia, la protección ambiental y la conservación de las especies marinas, que es visitado, principalmente, por alumnos de educación primaria.
“Me tocó atender a niños que ahorita ya tienen grado de doctorado y que son especialistas en su ramo y que seguimos en contacto con ellos, ese es uno de mis grandes orgullos”, destacó Francisco Javier Gómez, director ejecutivo del Museo de la Ballena y Ciencias del Mar.
Cientos de historias comenzaron en este lugar ante el asombro, la curiosidad y las ganas de aprender que toda la información recibida despertó en los menores.
Científicos, biólogos marinos y médicos veterinarios en potencia descubrieron su norte al visitar la muestra de esqueletos de mamíferos marinos más grande de América Latina, que cuenta con 95 especies en exhibición.
“Hace poco me encontré a una joven veterinaria que me dijo: ‘¿Sabes por qué estudié esta carrera?, porque de pequeña fui a visitar el Museo de la Ballena; bueno casi me hace llorar, porque eso se siente muy bonito”, comentó Francisco Javier Gómez.
A lo largo de 27 años, este recinto ha logrado cumplir con su cometido gracias a que el gobierno del estado de Baja California Sur está por renovarles el convenio de comodato del terreno, donde tienen sus instalaciones, y al permiso que les otorga la Semarnat para poder recolectar ejemplares que mueren varados en la playa.
“La colección que tenemos no solamente sirve para hacer divulgación de la ciencia, sino también ayuda muchísimo a la formación de científicos; en este lugar han circulado más de dos mil estudiantes en etapa de servicio social, voluntariados o estancias de diferentes universidades”, indicó.
El director ejecutivo del Museo de la Ballena y Ciencias del Mar señaló que en total cuentan con tres esqueletos de vaquita marina, especie endémica del Alto Golfo de California, de la que sólo quedan ocho ejemplares vivos.
Pero en particular uno de los esqueletos llama la atención: la vaquita marina que, a finales de 2017 se intentó llevar a un sitio controlado bautizado como El Nido para tratar de preservar a la especie en cautiverio.
“Es un esqueleto de una hembra adulta, que no tuvo adaptabilidad hacia el ser humano, entró en paro alrededor de ocho o diez veces, hasta que finalmente dejó de respirar y justamente después de ese evento muy triste, fue que se tomó la decisión de abandonar el programa que buscaba poner a resguardo a la vaquita e intentar reproducirla”, relató Francisco Javier Gómez.
Precisamente, a partir de 2015, el Museo de la Ballena y Ciencias del Mar salió de sus instalaciones para surcar las aguas del Alto Golfo de California a bordo del barco narval y tratar de salvar a la vaquita marina de la extinción, levantando redes ilegales en su área de refugio, tarea que mantiene hasta la fecha con muy buenos resultados.
El objetivo de esta misión es evitar que las redes que se colocan para capturar de manera ilícita al pez totoaba, cuyo buche o vejiga natatoria es traficada a China, ahoguen al mamífero marino en mayor peligro del mundo.
“El buche de totoaba es como el equivalente al cuerno de rinoceronte que también se ha cazado indiscriminadamente por pensar que tiene propiedades afrodisiacas y está poniendo en gravísimos peligro de extinción a aquella especie, pero aquí es lo que está pasando, lamentablemente, en forma indirecta con la vaquita marina”, manifestó Francisco Javier Gómez.
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