Una investigación de The New York Times ha hallado numerosas pruebas de que el cofundador de la Unión de Campesinos engañó y abusó sexualmente de niñas cercanas al movimiento.
Manny Fernandez y Sarah Hurtes / THE NEW YORK TIMES
Los periodistas entrevistaron a varias mujeres que contaron sus historias por primera vez, así como a más de 60 personas, entre las que están algunos ayudantes principales y familiares de Cesar Chavez. Los reporteros también revisaron cientos de páginas de registros sindicales, correos electrónicos confidenciales, fotografías y otros materiales.
Ana Murguia recuerda el día en que el hombre al que había considerado un héroe llamó a su casa y la citó para verlo. Ella caminó por un sendero de tierra, ingresó al edificio descuidado, pasó junto a su secretaria y entró en su despacho.
Él cerró la puerta, como hacía siempre que la llamaba, y le contó lo solo que se había sentido. La llevó a la colchoneta de yoga que solía utilizar en su despacho para meditar, la besó y le bajó los pantalones. “No se lo digas a nadie”, le dijo después. “Se pondrían celosos”.
El hombre, Cesar Chavez, una de las figuras más veneradas del movimiento latino por los derechos civiles, tenía 45 años. Ella tenía 13. Murguia dijo que la citó para tener encuentros sexuales con él decenas de veces durante los cuatro años siguientes.
Recientemente, más de 50 años después, Murguia se enteró de que una calle cercana a su casa en la ciudad de Bakersfield, en el centro de California, estaba en proceso de cambiar de nombre. Los funcionarios municipales quieren rebautizarla en honor de su abusador.
Murguia y otra mujer, Debra Rojas, afirman que Chavez abusó sexualmente de ellas por años cuando eran niñas, entre 1972 y 1977 aproximadamente. Él tenía unos 40 años y se había convertido en una figura poderosa y carismática que captó la atención mundial como defensor de los derechos de los trabajadores agrícolas.
Las dos mujeres no habían contado antes sus historias públicamente, y una investigación de The New York Times ha descubierto numerosas pruebas que respaldan sus acusaciones y las formuladas por otras mujeres contra Chavez, cofundador de la Unión de Campesinos (UFW, por su sigla en inglés), quien murió en 1993 a los 66 años.
Las interrogantes planteadas por el Times sobre Chavez, una de las figuras más trascendentales de la historia mexicoestadounidense, generaron repercusiones inmediatas y alarmaron e inquietaron a sus aliados. Incluso antes de que se publicara este artículo, al conocer las indagaciones de los periodistas, la UFW canceló sus celebraciones anuales en honor a Chavez, una respuesta a lo que el sindicato que dirigió en su día calificó de acusaciones “sumamente impactantes”.
Murguia y Rojas, ambas de 66 años, eran hijas de organizadores sindicales veteranos que habían participado en mítines junto a Chavez. Este utilizaba la privacidad de su oficina de California para abusar con frecuencia de Murguia, dijo ella. Chavez la conocía desde que tenía 8 años. Resultó tan traumatizada que para cuando cumplió 15 años ya había intentado suicidarse varias veces.
“Me quería morir”, dijo.
Rojas dijo que tenía 12 años cuando Chavez la tocó de forma inapropiada por primera vez: le manoseó los pechos en el mismo despacho donde se reunía con Murguia. Cuando Rojas tenía 15 años, él organizó que ella se alojara en un motel durante una marcha de varias semanas por California, dijo, y mantuvo relaciones sexuales con ella; violación, según la ley estatal, porque no tenía edad suficiente para dar su consentimiento. (Murguia dijo que Chavez abusó de ella, pero que nunca tuvo relaciones sexuales con ella).
Las acusaciones de abuso parecen formar parte de un patrón más amplio de conducta sexual inapropiada por parte de Chavez, gran parte del cual nunca se ha revelado públicamente. La investigación del Times descubrió que Chavez también utilizó a muchas de las mujeres que trabajaban y eran voluntarias en su movimiento para su propia satisfacción sexual. Su aliada más destacada en el movimiento, Dolores Huerta, dijo en una entrevista que Chavez la agredió sexualmente, una revelación que nunca antes había hecho de forma pública.
Muchas de las mujeres guardaron silencio durante décadas, tanto por vergüenza como por miedo a empañar la imagen de un hombre que se ha convertido en el rostro del movimiento latino por los derechos civiles, un hombre cuya imagen aparece en los murales de las escuelas y cuyo cumpleaños se ha convertido en un día feriado en el estado de California.
Las conclusiones se basan en entrevistas con más de 60 personas, entre ellas sus principales ayudantes de la época, sus familiares y antiguos miembros de la UFW, que cofundó con Huerta y Gilbert Padilla. El Times revisó cientos de páginas de registros sindicales, correos electrónicos confidenciales y fotografías, así como horas de grabaciones de audio de reuniones de la junta directiva de la UFW.
Los relatos de abusos de Murguia y Rojas se verificaron de forma independiente mediante entrevistas con personas a las que se los confiaron hace décadas y en años más recientes. También se corroboraron elementos de sus historias en documentos, correos electrónicos, itinerarios y otros escritos de organizadores sindicales, partidarios de Chavez e historiadores.
El Times habló largo y tendido con Huerta, la renombrada activista latina que ayudó a dirigir el sindicato de trabajadores agrícolas con Chavez y acuñó el grito de guerra por la justicia social: “Sí, se puede”.
Dijo que se ha aferrado a un secreto sombrío durante casi 60 años.
Una noche del invierno de 1966 en Delano, California, dijo, Chavez la llevó en coche a un campo de uvas aislado, se estacionó y la violó dentro del vehículo. Huerta, que entonces tenía 36 años, dijo que decidió no denunciar la agresión a la policía debido a su hostilidad hacia el movimiento, y a que temía que nadie del sindicato le creyera. También describió un encuentro anterior, en agosto de 1960, en el que dijo que se sintió presionada para tener relaciones sexuales con él en una habitación de hotel durante un viaje de trabajo a San Juan Capistrano, en el sur de California.
Posteriormente, Huerta inició una relación de pareja de larga duración con el hermano de Chavez, Richard, con quien tuvo cuatro hijos. Él murió en 2011.
Huerta cumple 96 años el 10 de abril. Sus recuerdos de los detalles del abuso de aquella noche en Delano son a veces confusos. Pero habla del ataque de una manera sorprendentemente práctica.
Describió quedarse estupefacta ante la agresión de Chavez y que luego se insensibilizó ante el hecho. Enmarcó su silencio en aquel momento no como una ausencia de dolor, sino como una especie de necesidad estratégica, sobre todo como una mujer que luchaba por el respeto en el mundo dominado por los hombres de la organización sindical de la década de 1960. Ahora, su acusación destroza lo que fue un vínculo muy celebrado —y aparentemente igualitario— entre dos de los activistas hispanos más influyentes de la historia de Estados Unidos.
“Desafortunadamente, utilizó parte de su gran liderazgo para abusar de mujeres y niñas; es realmente horrible”, dijo Huerta.
Más de 30 años después de su muerte, Chavez se ha convertido en una figura aún más venerada en la comunidad latina, ya que los esfuerzos del presidente Donald Trump por limitar la inmigración y recortar derechos amenazan con destruir muchos de los logros conseguidos gracias a décadas de su trabajo.
Mediante una serie de agotadores ayunos, boicots a la uva y marchas que cautivaron la imaginación del mundo, Chavez puso de relieve la difícil situación de los trabajadores agrícolas estadounidenses. No solo mejoró los salarios, las condiciones de vida y la asistencia a la salud de generaciones de trabajadores agrícolas y sus familias, sino que reforzó el poder político de los latinos y dio a sus voces y a sus preocupaciones urgencia y autoridad moral en el escenario nacional.
En 1994 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil del país. Cuando Joe Biden entró en la Casa Blanca en 2021, colocó un busto de bronce de Chavez en el Despacho Oval.
Es probable que las acusaciones de violación y abusos sexuales tengan consecuencias de gran alcance.
El martes, la Unión de Campesinos emitió un comunicado en el que afirmaba que la organización no participaría en ninguna actividad de celebración del cumpleaños de Chavez, el 31 de marzo. El sindicato dijo que las “acusaciones sumamente preocupantes” que estaban saliendo a la luz eran incompatibles con los valores de la organización, y añadió que no tenía conocimiento de primera mano de ninguna conducta indebida.
“Necesitamos tiempo para abordar esta situación correctamente, también para garantizar que quienes lo necesiten tengan acceso a servicios sólidos y con enfoque en el trauma”, dijo el sindicato en su comunicado.
La familia de Chavez dijo el martes por la noche que “no estaba en condiciones de juzgar” las denuncias. “Como familia arraigada en los valores de la equidad y la justicia, honramos las voces de quienes no se sienten escuchados y denuncian conductas sexuales inapropiadas”, dijeron en un comunicado. “Estas acusaciones son profundamente dolorosas para nuestra familia”.
Un puñado de familiares de Chavez y antiguos dirigentes de la UFW conocen desde hace años diversas acusaciones de conducta sexual inapropiada, pero no hay pruebas de que hayan hecho esfuerzos por investigar a fondo las acusaciones, reconocer a las víctimas o disculparse ante ellas. En cambio, muchas de las mujeres afirman que se las disuadió de hablar para preservar la imagen pública de Chavez.
Correos electrónicos internos que se remontan a más de una década muestran a miembros del sindicato discutiendo las denuncias de abusos de Murguia y el impacto que tuvieron en su vida. Uno de los familiares de Murguia se enfrentó a Chavez cuando este aún vivía, en la década de 1980. Según el pariente, Chávez no presentó ninguna defensa y se limitó a aclararse la garganta.
Hace más de 10 años, los miembros de un grupo privado de Facebook de antiguos organizadores sindicales y simpatizantes de Chavez se quedaron atónitos al leer un mensaje de Rojas que ella escribió en un arrebato de ira cuando se preparaban para celebrar el día feriado en su nombre.
Su mensaje decía, en parte: “Abran los ojos, señores. Este hombre por el que marchan todos los años abusó de mí”.
Rojas borró el mensaje días después de publicarlo y algunos de los que lo vieron u oyeron hablar de él la acusaron de poner en peligro todo lo que habían conseguido, no solo Chavez, sino también los padres de ella y quienes marcharon junto a él.
No ha aparecido nada públicamente que respalde las afirmaciones de Huerta. Su descripción de la agresión no pudo verificarse de forma independiente porque dijo que no se lo había contado a nadie, ni siquiera a sus hijos o amigos más cercanos, hasta hace solo unas semanas.
Pero el rastro en papel de algunas de las conductas indebidas de Chavez con niñas puede encontrarse en los mismos archivos construidos para preservar su legado.
Rojas escribió a Chavez en enero de 1974, a la edad de 13 años, un mensaje a mano en un papel carta infantil impreso con rosas, que iba de las actualizaciones escolares infantiles a una devoción desbordante. Dijo que escribió la carta más de un año después de que él la besara y manoseara por primera vez en su despacho en 1972, cuando ella tenía 12 años y estaba en séptimo grado. “Estoy muy contenta de haber podido verte y pasar tiempo contigo, bueno, no así, pero con saber que estaba cerca de ti era suficiente”, escribió, y añadió: “Pienso en ti todo el tiempo. ¿Tú piensas en mí?”.
La carta se encuentra entre los miles de documentos y otros materiales de los archivos de la Biblioteca Walter P. Reuther de la Universidad Estatal Wayne en Detroit.

Al recordarlo ahora, Rojas dijo que en aquel momento creía que Chavez quería que ella formara parte de su vida. Le decía que algún día se mudarían juntos a México. Le dijo que se alejara de otros chicos porque se pondría celoso. Le dijo que la canción de los Flamingos, “I Only Have Eyes for You”, era su canción, y que cada vez que la oyera debía “simplemente recordar que te quiero”.
“Sentía amor por él”, dijo Rojas. “Se ganó mi confianza muy bien. Deberían darle un Oscar por todo lo que hizo”.
Un primer ajuste de cuentas
En al menos dos biografías—From the Jaws of Victory: The Triumph and Tragedy of Cesar Chavez and the Farm Worker Movement, de Matt Garcia, publicada en 2012, y The Crusades of Cesar Chavez: A Biography, de Miriam Pawel, publicada en 2014— se relatan elementos de las relaciones extramatrimoniales de Chavez con mujeres adultas.
Pero ninguna de las dos planteaba cuestiones de abusos a niñas menores de edad.
Aunque Chavez tuvo ocho hijos con su esposa, Helen Chavez, la investigación del Times demostró que también engendró al menos cuatro hijos con otras tres mujeres. Dos de estos hijos y otros familiares fueron entrevistados y confirmaron la relación. Además, se revisaron los resultados de las coincidencias de 23andMe de los cuatro hijos, y confirmaron los vínculos biológicos de Chavez en cada caso.
Dos de los hijos fueron fruto de sus dos encuentros sexuales con Huerta, dijo ella al Times, incluida la agresión que describió en 1966. Huerta dijo que ocultó los embarazos con ropa holgada y ponchos, tuvo a las niñas y luego hizo los arreglos necesarios para que las criaran otras personas.
Las acusaciones que involucran a Murguia y Rojas se remontan a una época en la que ellas mismas eran niñas, y el comportamiento que ahora describen como engaño pederasta comenzó cuando tenían tan solo 8 o 9 años.
Rojas dijo que empezó a acudir a terapia a los 16 años, cuatro años después de que comenzaran los abusos, y que sigue acudiendo en la actualidad. “Adquirí el hábito de beber”, dijo. “Un hábito de ataques de pánico. Un hábito de malas relaciones”.
Murguia dijo que sufre ataques de pánico y depresión, y que tiene dificultades para estar en espacios públicos o formar parte de multitudes.
“Siento que él ha sido una sombra sobre mi vida”, dijo Rojas. “Quiero que deje de seguirme. Ya es hora”.
Con algunas excepciones, la mayoría de los episodios que describieron las mujeres ocurrieron a lo largo de décadas en un mismo lugar de mucha unión: La Paz, el complejo del sindicato en las montañas de Tehachapi, a más de 160 kilómetros al norte de Los Ángeles, donde Chavez tenía su casa y su despacho.
Los Murguia habían sido la primera familia en mudarse a La Paz, en 1970, cuando Ana tenía 10 años. Su padre era funcionario sindical y uno de los colaboradores más cercanos de Chavez. Chavez había sido el padrino de su boda tres años antes, cuando se casó con la madrastra de Murguia, una voluntaria sindical.
Cuando Chavez y su familia se mudaron al complejo en 1971, él a veces le pedía a Murguia, que entonces tenía 12 años, que lo ayudara con el dictado de cartas o a operar la centralita telefónica de la comunidad. Estaba orgullosa de poder imitar su firma con tanta maestría que ella la estampaba en los documentos.
“Querido Eddie, escribo esta carta por Cesar”, decía una carta que le escribió a un simpatizante del sindicato en abril de 1972. “A Cesar le gustó mucho tu foto. Atentamente, Ana Murguia”.
Al principio, dijo, le gustaba pasar tiempo con él en su despacho. Para ella, era el único adulto que la escuchaba de verdad, un confidente que mostraba empatía con ella cuando se enfrentaba a los abusones del patio del colegio y al mal genio de su padre. Él le contó que se sentía solo, agobiado por sus guardaespaldas e incapaz incluso de ir solo al baño. Pasaban horas hablando.
Murguia dijo que tenía 13 años cuando Chavez empezó a invitarla a su despacho. Estaba obsesionado con las terapias alternativas de sanación, y a veces la ponía sobre su mesa y le mostraba los “puntos de presión” que podían aliviar el estrés y el dolor, dijo. Con el tiempo, eso llevó a besos y luego a caricias. Y luego a más.
“Cuando yo estaba en la colchoneta de yoga era cuando él intentaba tener sexo”, dijo Murguia.
Murguia dijo que no se sentía atraída por Chavez y que al principio le sorprendió que la tocara, pero dijo que se sintió elegida. “En parte me preguntaba por qué alguien así querría a alguien como yo”.
Dijo que Chavez le dijo que no se lo contara a nadie porque otras chicas y mujeres se pondrían celosas de su vínculo especial.
Se la llevó de gira con él, y la hizo viajar en su carro y estar a su lado en actos y marchas. Aparece junto a él en varias fotografías, entre ellas una de las imágenes más icónicas de la famosa marcha de más de 1500 kilómetros que la UFW realizó en el verano de 1975, y otra anterior junto a la cantante de folk Joan Baez.
Pero fue también en esa época, dos años después de que la tocara por primera vez en su despacho, cuando las cosas cambiaron.
Murguia tenía en ese momento 15 años, y había acompañado a Chavez a un viaje a Los Ángeles. En la casa de un recaudador de fondos en Bel Air, entró en la cocina y lo encontró besando a una mujer. Se marchó rápidamente. “Me pareció repugnante”, dijo. De regreso a La Paz, viajó con los guardias y los perros, negándose a compartir el carro con él.
El tiempo que pasaban en la oficina fue perdiendo intimidad, y finalmente terminó. Empezó a sufrir una angustia silenciosa.
“Me sentía muy sola”, dijo. “No tenía ningún apoyo”.
Finalmente abandonó La Paz a los 19 años, pero pronto cayó en una espiral de adicción a la heroína. Desesperada, pensó que Chavez podría ayudarla y regresó a La Paz. Pero esta vez, cuando fue a su despacho, se encontró con una sala llena de hombres. Y Chavez, dijo, se volvió contra ella.
“Me dijo que yo estaba metiendo drogas en la comunidad y que tenía que marcharme”.
Murguia volvió a casa llorando y recuerda que un familiar le preguntó qué había pasado. “Ya no me necesita”, recordó haber dicho. “Ya crecí. Me dijo que me fuera”.
Al día siguiente, ingresó en un programa de rehabilitación que Chavez le había conseguido. Nunca volvió a hablar con él.
Varias personas corroboraron su historia. Un familiar dijo que se enteró del abuso a principios de la década de 1980, después de que Murguia se lo contara. Otra persona dijo que Murguia le reveló los abusos en 1989. Uno de los hombres presentes en la sala cuando expulsaron a Murguia de La Paz se negó a hacer comentarios. Otro dijo que no recordaba aquella época de su vida.
Durante mucho tiempo sintió que la culparían de lo ocurrido. Así funcionaba entonces, dijo: las niñas sufrían abusos por parte de familiares, de personas cercanas a la familia, y siempre se mantenía en secreto. Y si alguien se enteraba, dijo, la pregunta nunca era sobre el hombre. “Siempre era: ‘Bueno, ¿y tú qué hiciste? Mira lo que has causado’”.
Había una persona en La Paz con la que sabía que podía compartir su historia, y era Rojas.
‘Es como si estuvieras hipnotizada’
Rojas vivía en La Paz en 1972 y recuerda el aura de misterio especial que tenía Chavez. Tenía 12 años entonces. Él andaba por allí y era como si hubiera pasado una estrella de cine. Un día de aquel año, le pidió que entrara en su despacho y cerró la puerta. Le preguntó por la escuela. Ella recordó haberse dirigido a sus estanterías para admirar los numerosos libros.
Chavez la tocó entonces por primera vez. Ella describe que se quedó como congelada. Él se dio cuenta de lo nerviosa que estaba. La besó y le tocó los pechos.
“Fue un shock”, dijo ella. “Fue incómodo. Pasó de la sensación de estar fascinada a no entender esto. ¿Qué está pasando?”.
Fue la primera de las muchas veces que la tocó sexualmente. Tras aquel primer encuentro sexual, solía llamar a su casa y hablar de asuntos sindicales con su padre, y luego, antes de colgar, le pedía que pusiera a su hija al teléfono.
“No sabía lo que era el engaño pederasta” o grooming dijo Rojas. “Es como si estuvieras hipnotizada”.
En el verano de 1975, Chavez y sus ayudantes se estaban preparando para la marcha, un acontecimiento de casi 60 días que iba a empezar cerca de la frontera de California con México. El objetivo era sindicalizar a los trabajadores agrícolas y llamar la atención pública sobre su reciente victoria en Sacramento, una nueva ley estatal que protegía el derecho de los trabajadores agrícolas a sindicarse y establecía una junta estatal de relaciones laborales agrícolas.
Chavez había invitado a Rojas, que entonces tenía 15 años, a unirse a ellos. Sus padres se mostraron escépticos, recuerda Rojas, pero él les dijo que se aseguraría de que su hija estuviera a salvo.
“No paraba de llamar y llamar y llamar para que fuera a la marcha”, dijo Rojas. “Mi padre solo quería tenerlo de su lado, porque mis padres lo querían. Todos lo queríamos”.
En agosto de 1975, la marcha llegó a Stockton, la ciudad del Valle de San Joaquín situada a una hora al sur de Sacramento. Una noche, recordó Rojas, Chavez le dijo que la enviaba a casa durante una semana. Estaba triste y confusa, y pensó que había hecho algo malo.
Estaba esperando en la estación de autobuses cuando llegó Chavez con uno de sus guardaespaldas. La invitó a subir al carro y se dirigieron a un motel de la autopista 99.
En la habitación del motel, dijo, Chavez tuvo relaciones sexuales con ella por primera vez; una violación, de acuerdo con la ley de California. Ella era virgen y recuerda que le dolió y que sangraba. Pero también recuerda la pistola que Chavez había colocado en la mesita de noche junto a la cama. No podía evitar mirarla cada vez que giraba la cabeza y eso la asustaba, dijo.
“Dije: ‘¿Para qué es eso?’”, dijo Rojas.
“No te preocupes por eso”, dijo que él respondió.
Le dijo que, debido a las amenazas de muerte que recibía, él y su equipo de seguridad querían asegurarse de que estaban a salvo.
Varias personas y documentos corroboraron las acusaciones de Rojas, incluida una familiar que dijo que Rojas le contó por primera vez a finales de la década de 1990 que Chavez había abusado de ella.
Cuando la marcha se acercaba a su fin, dijo Rojas, Chavez empezó a volverse frío con ella. Le dijo que tenía que volver con su esposa.
‘Cesar Chavez es solo un hombre’
Los encuentros de Esmeralda Lopez con Chavez se produjeron años más tarde, mucho después de que Rojas y Murguia se hubieran marchado de La Paz.
Había crecido en el sindicato, pues era la hija de una mujer que trabajó ahí mucho tiempo, Cynthia Bell. En abril de 1988, Chavez seleccionó a Lopez para que viajara con él en una gira de conferencias fuera del estado. Tras un acto en Míchigan, invitó a Lopez a su caravana acoplada a una camioneta. Dijo que solo estaban ellos dos en la pequeña caravana y que se sentaron junto a la cama. En un momento dado, dijo, Chavez señaló la placa de una calle en el exterior que tenía su nombre y le insinuó que podría utilizar su influencia para que le pusieran su nombre a algo si se acostaba con él. Ella tenía 19 años y él 61.
Conmocionada, Lopez lo rechazó y él no insistió. Más tarde, ella llamó a su madre para decirle que volvería del viaje antes de lo planeado. Cuando Bell le preguntó qué había pasado, Lopez respondió: “Cesar Chavez es solo un hombre”.
Bell le dijo que volviera a casa. Inmediatamente comprendió lo que quería decir su hija. En una entrevista reciente, Bell, que ahora tiene 75 años, corroboró el relato de su hija sobre aquel día.
Para entonces, dijo Bell, llevaba décadas colaborando muy de cerca con el líder sindical. Dijo que Chavez se le había insinuado de forma inapropiada durante un baile en una recaudación de fondos en Bakersfield a principios de la década de 1970, cuando ella tenía poco más de 20 años. “A veces te veo como a una de mis hijas, pero luego siento otras cosas”, contó que le dijo mientras bailaban.
Unos 10 meses después del incidente de la caravana, dijo Lopez, Chavez la despidió de su trabajo en una clínica sindical.
En los años transcurridos desde entonces, Lopez y Bell dijeron que habían pensado mucho en las palabras de Lopez aquel día de 1988, en que aquel ícono al que habían dedicado tanto tiempo de sus vidas no era más que un hombre.
“Te hace replantearte en la historia a todos esos héroes”, dijo Lopez. “El movimiento: ese es el héroe”.
‘Una especie de Jekyll y Hyde’
En la década de 1970, Chavez no iba a casi ninguna parte sin compañía.
Después de que las autoridades federales descubrieron un complot para asesinarlo en 1971, empezó a viajar con un equipo de seguridad, y se desplazaba en convoyes de dos vehículos con entre tres y seis guardias, coordinados por walkie-talkie. La noche en que Chavez le quitó la virginidad a Rojas en el motel de Stockton, dijo ella que recuerda, uno de sus guardaespaldas, Manuel Chavez, los llevó en auto.
Algunos de estos guardaespaldas han muerto desde entonces, entre ellos Manuel Chavez, quien era primo de Chavez. Otros se negaron a hacer comentarios, entre ellos su jefe de seguridad, Richard Ybarra, quien se casó con la hija de Chavez, Anna Chavez, a finales de 1971. Otros dijeron que estaban seguros de que Chavez no había cometido ningún abuso sexual y rechazaron las afirmaciones de las mujeres por ser incompatibles con el hombre que conocían.
Frank Curiel, infante retirado de la Marina, conducía a Chavez por California, a menudo hasta altas horas de la noche, y fue su guardaespaldas durante casi dos décadas, desde principios de la década de 1970. Vivió en La Paz durante casi 30 años. “Te diré una cosa: ¿pederasta? Nunca”, dijo Curiel. “Por lo que a mí respecta, Cesar era mi jefe”.
Algunas de las otras mujeres que vivieron en La Paz también dijeron que no experimentaron nada parecido a lo que describieron Murguia, Rojas y Lopez, aunque Chavez era una presencia frecuente en la vida de las hijas de sus leales organizadores y voluntarios. Recordaron que asistía a sus eventos familiares, las llevaba de gira con él, les pedía que trabajaran en su oficina después de la escuela e intercambiaban cartas, regalos y fotografías, pero varias de estas mujeres dijeron que no buscó ninguna relación sexual con ellas.
Una de ellas, Jessica Coriell, dijo que Chavez fue su mentor, y que le enseñó a canalizar su ira hacia los libros en lugar de hacia la violencia. “Si no fuera por las palabras de Cesar, su aliento y sus consejos amables y cariñosos, no estaría donde estoy hoy”, dijo Coriell.
Sin embargo, muchos de los que recuerdan aquellos años en La Paz también dicen que Chavez era un hombre que podía ser afectuoso en un momento, y al siguiente utilizaba esa misma cercanía emocional para manipular y abusar.
Huerta dijo que no solo abusó de ella físicamente, sino también emocionalmente.
Los archivos del sindicato documentan una discusión en La Paz entre ambos por unos recibos financieros que faltaban durante una reunión del consejo en 1979. Huerta exigió respeto y se opuso a las insinuaciones de Chavez de que ella había robado dinero. Chavez respondió gritándole improperios e insultos, y la llamó repetidamente perra estúpida, según las grabaciones de audio de las reuniones del consejo que escuchó el Times.
Huerta tiene dificultades para conciliar al Cesar Chavez que conoció, que inspiró a tantos y consiguió tantos logros, y al hombre que la agredió sexualmente y la humilló en público. Dijo que desconocía cualquier abuso sexual a niñas adolescentes. Momentos después de que se le describieran algunos de esos abusos, Huerta se derrumbó, y comenzó a sollozar y lamentarse.
“Creo que es una especie de Jekyll y Hyde”, dijo Huerta sobre Chavez.
Murguia, Rojas y Huerta dijeron que durante años se debatieron entre contar o no sus historias públicamente. Algunas de las personas más cercanas a ellas les rogaron que no lo hicieran, argumentando que no podía ser peor momento para atacar a un héroe latino, cuando los migrantes se enfrentaban a detenciones y deportaciones generalizadas y los derechos políticos de los hispanos parecían estar en peligro para muchos.
Al final, dijeron que la historia del movimiento de Chavez era también su historia: la de las mujeres que marchaban junto a los hombres, trabajaban en los campos y cuidaban de los niños. El movimiento, dijeron, era más que un hombre.
En 2013, Murguia regresó a La Paz. Las montañas circundantes eran tan hermosas como las recordaba. Encontró su vieja casa de madera blanca, sin la barandilla del porche. El viejo hospital donde tantos habían dormido estaba tapiado.
Luego entró en el edificio donde había trabajado. Las paredes estaban forradas de fotos y testimonios sobre Chavez: se celebraba su legado. Su despacho estaba al final de un largo pasillo. Una de las paredes del despacho había sido sustituida por una gran ventana, para que los visitantes pudieran asomarse.
Aquel día, Murguía miró su escritorio. Su silla. Sus estanterías altas. Y allí, en la esquina derecha, vio algo que la detuvo y le trajo un torrente de recuerdos. Era la colchoneta de yoga.
Susan C. Beachy colaboró con investigación.
Manny Fernandez es el editor general de California para el Times. Anteriormente fue editor político adjunto y pasó más de nueve años cubriendo Texas como jefe de la oficina de Houston.
Sarah Hurtes es una reportera del Times que trabaja en investigaciones internacionales desde Bruselas.
