Inspectores del OIEA detectaron fallas en la estructura protectora y aunque aseguran que no hay riesgo inmediato, las reparaciones son clave para evitar una degradación mayor.
LA NACION
KIEV.– El escudo protector que cubre el reactor nuclear de la planta de Chernobyl, en Ucrania, ya no puede cumplir de forma plena su función principal de contención tras el ataque con drones rusos registrado a comienzos de este año, según determinó una misión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
La estructura, conocida como Nuevo Confinamiento Seguro, fue diseñada para evitar la liberación de radiación procedente del reactor que explotó en 1986 y constituye la pieza central del sistema de protección instalado tras la catástrofe nuclear. Sin embargo, los inspectores constataron que, debido al daño sufrido, la cubierta perdió parte de sus “funciones de seguridad primarias”, incluida la capacidad de confinamiento.
Ucrania había denunciado en febrero que Rusia atacó deliberadamente instalaciones en el área de exclusión de Chernobyl, algo que Moscú rechazó. No obstante, imágenes satelitales e inspecciones posteriores confirmaron el impacto y el incendio que afectó al revestimiento externo de la estructura. Aunque no se registraron daños irreversibles en las bases de soporte ni en los sistemas internos de monitoreo, el impacto fue suficiente para comprometer el funcionamiento integral del escudo.
Pese al nivel de alerta que generó el informe del OIEA, expertos internacionales buscan bajar el tono del dramatismo. El especialista ambiental británico Jim Smith, de la Universidad de Portsmouth, advirtió en declaraciones a la BBC que la situación “no es motivo de pánico”. Según explicó, el riesgo más significativo en Chernobyl sigue asociado al polvo radiactivo alojado dentro del viejo sarcófago de hormigón construido por la Unión Soviética tras la explosión. Ese material, subrayó, permanece confinado bajo varias capas de protección y no existe evidencia de que pueda dispersarse en el corto plazo.
La explosión del reactor número 4, ocurrida en abril de 1986, liberó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera, provocando una emergencia sanitaria que afectó a millones de personas en Europa y obligó a la evacuación permanente de miles de habitantes en Ucrania y Bielorrusia. Como respuesta de urgencia, se levantó el llamado “sarcófago”, concebido para durar apenas tres décadas. Ese límite llevó a la posterior construcción del Nuevo Confinamiento Seguro, una estructura colosal de 110 metros de altura y 256 metros de ancho que fue ensamblada en dos bloques y luego deslizada sobre el reactor.
La obra, que demandó nueve años de trabajo y una compleja ingeniería internacional, costó 2200 millones de euros. Fue financiada por la Unión Europea, el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo y 45 países, que buscaron garantizar un encapsulamiento seguro del reactor durante un siglo. El ataque con drones, sin embargo, puso en duda la previsión de esa vida útil y renovó temores sobre la vulnerabilidad de instalaciones consideradas críticas para la seguridad nuclear global.